Entrar en un ascensor, someterse a una resonancia magnética o incluso estar en una habitación con la puerta cerrada: para las personas con claustrofobia, estas situaciones cotidianas se convierten en auténticas pruebas de resistencia emocional. La claustrofobia es una de las fobias más frecuentes, afectando entre un 5% y un 7% de la población mundial, y puede limitar significativamente la vida diaria de quien la padece. La buena noticia es que, con el tratamiento psicológico adecuado, es posible superarla y recuperar la libertad de movimiento.
¿Qué es la claustrofobia?
La claustrofobia es un trastorno de ansiedad clasificado dentro de las fobias específicas de tipo situacional. Se define como un miedo intenso, desproporcionado y persistente a los espacios cerrados, pequeños o donde la persona percibe que no puede salir fácilmente. Lo que la persona teme no es el espacio en sí, sino la sensación de estar atrapada, de no poder respirar bien o de no poder escapar si lo necesita.
La reacción claustrofóbica es automática: el cerebro detecta la situación como amenazante y activa el sistema de alarma del cuerpo antes de que la parte racional pueda intervenir. Por eso, aunque la persona sepa que no hay peligro real, su cuerpo reacciona como si lo hubiera. Esta desconexión entre lo que se piensa y lo que se siente es una de las características más frustrantes de la fobia.
Situaciones que desencadenan la claustrofobia
La claustrofobia puede activarse en una amplia variedad de contextos:
Espacios cotidianos
Ascensores, especialmente los pequeños o antiguos, son uno de los desencadenantes más frecuentes. También los túneles (de carretera o de metro), habitaciones sin ventanas, probadores de ropa, baños pequeños, coches con las ventanillas cerradas y sótanos o trasteros. Incluso conducir por un parking subterráneo puede activar la respuesta de ansiedad en personas con claustrofobia intensa.
Situaciones médicas
Las pruebas médicas que implican estar dentro de un espacio reducido son especialmente problemáticas: resonancias magnéticas, TAC, cámaras hiperbáricas o mascarillas de oxígeno. Muchas personas con claustrofobia evitan o posponen pruebas médicas necesarias por el miedo que les genera, lo que puede tener consecuencias importantes para su salud.
Situaciones sociales con aglomeración
Conciertos multitudinarios, discotecas, transportes públicos abarrotados, salas de espera llenas o cualquier lugar donde la densidad de personas limita la movilidad pueden desencadenar claustrofobia. En estos casos, la fobia puede confundirse con la agorafobia, aunque el mecanismo subyacente es diferente: en la claustrofobia, el miedo central es sentirse atrapado; en la agorafobia, es no poder recibir ayuda si se tiene un ataque de pánico.
Síntomas de la claustrofobia
Los síntomas de la claustrofobia se manifiestan a varios niveles y pueden variar en intensidad:
Síntomas físicos
Taquicardia y palpitaciones, sensación de ahogo o dificultad para respirar, sudoración intensa, temblores, mareos, náuseas, dolor en el pecho, entumecimiento u hormigueo en las extremidades y oleadas de calor o frío. Estos síntomas pueden alcanzar la intensidad de un ataque de pánico completo, con sensación de que algo terrible está a punto de ocurrir.
Síntomas cognitivos
Pensamientos catastróficos como «me voy a asfixiar», «me voy a quedar atrapado/a para siempre», «voy a perder el control», sensación de irrealidad (como si estuviera dentro de un sueño), hipervigilancia hacia las señales corporales y hacia las salidas del espacio, dificultad para concentrarse en otra cosa que no sea la amenaza percibida.
Conductas de evitación y seguridad
Subir por escaleras en lugar de usar ascensores, evitar el metro, rechazar pruebas médicas necesarias, sentarse siempre cerca de la puerta, comprobar las salidas de emergencia al entrar en un espacio nuevo, evitar multitudes y, en casos graves, limitar progresivamente los lugares a los que la persona se atreve a ir. Algunas personas desarrollan rituales de seguridad como llevar siempre el móvil cargado o ir acompañadas.
Causas de la claustrofobia
La claustrofobia puede originarse por diversas vías:
Experiencia traumática: Haberse quedado encerrado/a en un ascensor, un armario, un sótano o cualquier espacio reducido, especialmente durante la infancia, puede condicionar una respuesta de miedo duradera. El tratamiento con EMDR es particularmente eficaz para procesar estos recuerdos traumáticos y desactivar la respuesta de alarma asociada.
Aprendizaje por observación: Los niños que ven a sus padres o cuidadores reaccionar con miedo ante los espacios cerrados pueden aprender esta respuesta e internalizarla. La terapia infantil puede ayudar a prevenir la consolidación de la fobia si se detecta a tiempo.
Factores biológicos: Algunas investigaciones sugieren que las personas con claustrofobia pueden tener una amígdala cerebral más reactiva o una mayor sensibilidad a los cambios en los niveles de CO₂, lo que les haría más vulnerables a la sensación de ahogo en espacios cerrados.
Sensación de indefensión: Experiencias vitales donde la persona se ha sentido atrapada en sentido amplio (relaciones de control, situaciones laborales opresivas) pueden predisponer a desarrollar claustrofobia, ya que el espacio cerrado se convierte en una metáfora física de esa sensación de no poder escapar.
Tratamiento de la claustrofobia
La claustrofobia tiene un pronóstico excelente con tratamiento psicológico especializado:
Exposición gradual in vivo
Es el tratamiento de referencia para la claustrofobia. Consiste en exponerse de forma progresiva y controlada a los espacios cerrados, empezando por los que generan menos ansiedad y avanzando gradualmente hacia los más temidos. Se construye una jerarquía personalizada: quizás se empieza permaneciendo en una habitación con la puerta entreabierta, después con la puerta cerrada, luego en un ascensor grande, después en uno pequeño, y así sucesivamente. Cada paso se realiza al ritmo del paciente, asegurando que la ansiedad disminuya antes de avanzar al siguiente nivel.
EMDR para la claustrofobia
Cuando la claustrofobia tiene su origen en una experiencia traumática concreta, el EMDR permite reprocesar ese recuerdo y desactivar la carga emocional que lo acompaña. Después del reprocesamiento, la persona puede recordar la experiencia sin que le genere la misma respuesta de alarma, lo que facilita enormemente el trabajo de exposición posterior.
Regulación de la ansiedad
Aprender herramientas de regulación emocional es esencial para el tratamiento de la claustrofobia. La respiración diafragmática, las técnicas de grounding (anclaje al presente) y la relajación muscular progresiva permiten a la persona gestionar los picos de ansiedad durante la exposición y en la vida cotidiana. Estas herramientas devuelven la sensación de control, contrarrestando precisamente lo que más teme la persona claustrofóbica: sentirse desvalida.
Da el primer paso
Si la claustrofobia está condicionando tu vida —si subes escaleras para evitar ascensores, si has renunciado a pruebas médicas, si evitas espacios que antes frecuentabas—, quiero que sepas que superarla es completamente posible. En mi consulta de Igualada y también a través de la terapia online, trabajo con un enfoque personalizado que respeta tu ritmo y te da las herramientas necesarias para recuperar tu libertad de movimiento. Contáctame para una primera consulta informativa gratuita.