Conduces hasta el trabajo, aparcas y te das cuenta de que no recuerdas nada del trayecto, ni los semáforos ni las rotondas. Otro día, en mitad de una discusión, la voz de la otra persona empieza a sonar lejos y tienes la sensación de mirar la escena desde fuera, como si no estuvieras allí. Las dos experiencias tienen el mismo nombre: disociación.
La primera le pasa a casi todo el mundo y no tiene ninguna importancia. La segunda también puede ser puntual, pero si se repite, si te borra trozos del día o si aparece cada vez que algo te recuerda un mal momento, vale la pena entenderla. En este artículo te explico qué es la disociación, cómo se nota, por qué hay personas que se disocian mucho más que otras y cómo se trata.
Qué es la disociación
Normalmente, lo que piensas, lo que sientes, lo que recuerdas y lo que notas en el cuerpo forman una sola experiencia, y la reconoces como tuya. La disociación es una desconexión entre esas piezas. Puedes saber qué ha pasado y no sentir nada, estar en un sitio y notarte ausente, o tener un hueco de memoria de un rato que no sabes explicar. La American Psychological Association recoge el término en su diccionario de psicología, y el servicio de salud británico (NHS) la describe como una forma que tiene la mente de afrontar un exceso de estrés.
Nadie decide disociarse. Ocurre de forma automática, muchas veces antes de que te des cuenta de que estás mal, y por eso cuesta tanto controlarlo a base de fuerza de voluntad. Según el NHS, los periodos de disociación pueden durar horas o días y, a veces, semanas o meses.
Cuándo desconectar es normal
Un poco de disociación forma parte de la vida de todo el mundo. El trayecto en piloto automático es el ejemplo más conocido, pero también lo es quedarte tan absorta en una película que no oyes que te llaman, o desconectar de una reunión aburrida y volver sin saber muy bien de qué se estaba hablando. Los psicólogos lo llaman absorción, y es una capacidad útil, porque te permite concentrarte en una cosa y dejar lo demás en segundo plano.
Estas experiencias son más frecuentes de lo que parece. Un estudio con más de mil adultos de Winnipeg, en Canadá, encontró que eran habituales en la población general, que hombres y mujeres las tenían por igual y que disminuían con la edad (Ross, Joshi y Currie, 1990). Que te pase de vez en cuando, por tanto, no significa nada.
La cosa cambia cuando la desconexión es frecuente, cuando te borra hechos importantes o cuando llega siempre ante las mismas situaciones, como un grito, un olor o una discusión. Entonces conviene mirarlo con calma, porque empieza a costarte cosas: ratos del día, conversaciones, la confianza en tu propia memoria.
Síntomas de la disociación
Cuando un profesional evalúa la disociación, suele explorar cinco grupos de síntomas, los mismos que recoge la SCID-D, una entrevista clínica de referencia en este campo (Steinberg y colaboradores, 1990):
- Lagunas de memoria que van más allá de los olvidos normales, como conversaciones que no recuerdas haber tenido, ratos del día en blanco o etapas de la infancia de las que casi no queda nada. Es lo que se llama amnesia disociativa.
- Sentirte extraña dentro de tu cuerpo u observarte desde fuera, como si vieras tu vida en una pantalla (despersonalización).
- Percibir lo que te rodea como algo irreal, lejano o plano, como un decorado (desrealización).
- No tener claro quién eres, qué quieres o qué piensas, con la sensación de cambiar mucho según el momento (confusión de identidad).
- Notar cambios bruscos en la forma de hablar, de sentir o de reaccionar que no reconoces como tuyos, o que alguien te diga que has hecho o dicho cosas que no recuerdas (alteración de identidad).
No hace falta tenerlos todos. Hay personas que solo conocen la sensación de irrealidad y otras que, sobre todo, pierden tiempo. Muchos de estos síntomas tampoco se ven desde fuera, y hay quien los esconde por miedo a que no le crean.
Cuando la disociación pasa por el cuerpo
La disociación también puede notarse físicamente. Algunas personas dejan de sentir dolor en momentos de mucha tensión, tienen zonas del cuerpo dormidas, les cuesta moverse o hablar cuando están bajo presión, o sienten que las manos o las piernas no son suyas. El NHS explica que algunas personas con trastornos disociativos tienen crisis que pueden ir desde un desmayo hasta algo parecido a una crisis epiléptica. Por eso, ante síntomas físicos así, el primer paso siempre es una revisión médica.
Las dos formas de la disociación
Muchos investigadores distinguen dos maneras de disociarse (Holmes y colaboradores, 2005), y entenderlas ayuda a saber qué tipo de ayuda hace falta.
La primera es el distanciamiento. Estás, pero como si hubiera un cristal entre tú y el mundo. Las emociones llegan amortiguadas, el cuerpo parece de otro y lo que te rodea pierde relieve. Es el terreno de la despersonalización y la desrealización, y si lo que te pasa es sobre todo esto, tienes una guía más detallada sobre la despersonalización y la desrealización.
La segunda es la compartimentación. Aquí una parte de la experiencia queda fuera del alcance de la conciencia: recuerdos que no están, cosas que no recuerdas haber hecho, síntomas en el cuerpo sin causa médica o reacciones que no sientes como propias. Las dos formas pueden ir juntas, pero piden cosas distintas. El distanciamiento suele mejorar con técnicas para volver al presente y aprendiendo a regular la activación del cuerpo, mientras que la compartimentación necesita un trabajo más largo para que las piezas de la experiencia vuelvan a conectarse.
Por qué aparece la disociación
La disociación es, de entrada, una protección. Cuando una situación es demasiado intensa y no puedes pararla ni huir de ella, la mente baja el volumen. Dejas de sentir, lo ves todo de lejos o el recuerdo no llega a guardarse entero. Según el NHS, desconectar de la realidad es un mecanismo de defensa normal que ayuda a pasar un momento traumático, y se convierte en un problema cuando el peligro ya ha pasado pero la persona sigue viviendo como si no fuera así.
Hay otras cosas que pueden provocar episodios de disociación o hacerlos más probables:
- La ansiedad muy intensa y los ataques de pánico, que a menudo traen una sensación de irrealidad.
- La falta de sueño y el agotamiento acumulado.
- El consumo de alcohol y de algunas drogas.
- Algunas enfermedades médicas y neurológicas, que hay que descartar antes que nada.
Disociación y trauma: una protección que no se apaga
La relación entre disociación y trauma es muy estrecha. El NHS señala que muchas personas con un trastorno disociativo vivieron experiencias traumáticas en la infancia, y la ISSTD, la sociedad internacional que estudia el trauma y la disociación, explica que la mayoría de profesionales de la salud mental consideran que estos trastornos se originan en traumas graves, normalmente en las primeras etapas de la vida.
Tiene lógica. Un adulto en peligro puede defenderse o marcharse. Un niño, no. Y cuando el peligro viene de la misma persona que debería cuidarle, desconectar es casi la única salida que tiene. La investigación sobre las respuestas de defensa (Kozlowska y colaboradores, 2015) describe cómo, cuando no hay escapatoria, el cuerpo pasa de la lucha o la huida a la inmovilidad y, en último extremo, al colapso. A diferencia de los animales, las personas podemos quedarnos atrapadas ahí.
Años después, el peligro ya no está, pero el sistema de alarma sigue encendido. Un tono de voz, un olor concreto o una fecha señalada pueden volver a disparar la misma desconexión que te protegió. Por eso la disociación es tan frecuente en el trastorno de estrés postraumático (TEPT), hasta el punto de que el DSM-5 reconoce un subtipo disociativo. Y por eso, en terapia, se mira con respeto: en su momento, fue la mejor manera que encontró la mente de sobrevivir. Si quieres entender mejor cómo pesa en la edad adulta lo que viviste de pequeña, te puede ayudar leer sobre las heridas de la infancia.
Tipos de trastornos disociativos
Cuando la disociación es intensa, persistente e interfiere en la vida, se habla de trastorno disociativo. El NHS destaca tres principales, y la ISSTD añade un cuarto grupo:
- Trastorno de despersonalización y desrealización. La sensación de irrealidad se repite o no se va. La persona sabe que es una percepción suya y que el mundo es real, pero lo vive con mucha angustia y, a menudo, lo disimula tan bien que nadie se da cuenta.
- Amnesia disociativa. Lagunas de memoria sobre la propia vida mucho mayores que un olvido normal, sin ninguna causa médica que las explique. A veces la persona se encuentra en un sitio sin saber cómo ha llegado.
- Trastorno de identidad disociativo (TID). Antes se llamaba personalidad múltiple. Hay dos o más identidades o partes diferenciadas, y lagunas de memoria repetidas sobre cosas cotidianas.
- Otros trastornos disociativos especificados. Cuando los síntomas hacen sufrir y limitan la vida, pero no encajan del todo en ninguno de los anteriores.
El trastorno de identidad disociativo, lejos del cine
Las películas han hecho mucho daño a este diagnóstico. En ellas salen cambios de personalidad espectaculares, a menudo ligados a la violencia, y la realidad suele ser mucho más discreta. Según la ISSTD, hay personas con TID que casi no muestran señales desde fuera, y es poco habitual que sientan que controlan los cambios entre partes, aunque con terapia eso se vuelve más posible. Lo que sí describen es confusión, tiempo perdido y la sensación de no ser siempre la misma persona. Los modelos de disociación estructural (van der Hart, Nijenhuis y Steele, 2005) lo entienden como una personalidad que no ha podido integrarse, con partes que se ocupan de la vida diaria y partes que se han quedado fijadas en el trauma.
La disociación también acompaña a menudo otros problemas. Entre los que pueden convivir con ella, el NHS menciona el TEPT, la depresión, la ansiedad y los ataques de pánico, las autolesiones, los trastornos de la conducta alimentaria, el TOC y el insomnio.
Cómo se diagnostica la disociación
No hay ningún análisis que la detecte. El diagnóstico se hace con una entrevista clínica cuidadosa, y a menudo empieza en el médico de cabecera, que puede hacer pruebas para descartar que otra enfermedad explique los síntomas.
En consulta, los cuestionarios ayudan a orientar la evaluación. El más conocido es la DES (Escala de Experiencias Disociativas), que pregunta por 28 situaciones de la vida diaria y está pensada para adultos. Eso sí, es una herramienta de cribado y no hace diagnósticos. La validación española (Icarán, Colom y Orengo García, 1996) encontró que muchos pacientes preferían responderla en forma de entrevista, porque los porcentajes de la escala les resultaban confusos, y así es como recomienda aplicarla. Los autores de la escala también insisten en pedir un ejemplo de cada respuesta alta. Cuentan el caso de un hombre que puntuó muy alto en la pregunta sobre encontrar ropa nueva que no recordaba haber comprado. La razón era sencilla: las camisas se las compraba su mujer.
Una parte importante de la evaluación consiste en distinguir la disociación de otros problemas que se le pueden parecer o que pueden convivir con ella, como el TDAH, la epilepsia o una psicosis. Y cuando se sospecha un trastorno de identidad disociativo, el diagnóstico pide tiempo. Según la ISSTD, la terapeuta escucha, observa y comprueba que ninguna otra condición lo explique mejor.
Cómo se trata la disociación
La disociación tiene tratamiento, y funciona. El NHS recuerda que muchas personas con un trastorno disociativo se recuperan por completo con tratamiento y apoyo. La base es la psicoterapia. No existe ningún medicamento específico para la disociación, aunque a veces se recetan antidepresivos para problemas asociados, como la depresión o los ataques de pánico.
Cuando hay un trauma de fondo, el tratamiento suele organizarse por fases (Steele, van der Hart y Nijenhuis, 2005). En una encuesta a 50 expertos en TEPT complejo, el 84% prefería este enfoque (Cloitre y colaboradores, 2011), y la guía de la ISSTD para pacientes va en la misma línea.
Primero, seguridad y estabilidad
Antes de tocar los recuerdos, la persona tiene que estar lo bastante estable. En esta fase se entiende qué es la disociación y para qué sirvió, se aprende a notar cuándo empieza y a volver al presente, se trabajan la regulación de las emociones, el sueño y las rutinas, y se prepara un plan para los momentos de crisis. Si hay partes de la personalidad que funcionan por separado, también se empiezan a conocer, sin prisas. La ISSTD advierte que, en el trauma complejo, esta etapa puede ser más larga.
Después, los recuerdos traumáticos
Cuando hay suficiente base, se trabajan los recuerdos que siguen haciendo daño, siempre al ritmo que la persona puede sostener. El EMDR es una de las herramientas que se utilizan, con las adaptaciones que pide la disociación y que Anabel González y Dolores Mosquera recogieron en el libro «EMDR y disociación» (2012). El objetivo es que el recuerdo pase a ser algo que ocurrió y deje de vivirse como si estuviera ocurriendo ahora.
Por último, volver a la vida
La última fase mira hacia delante: las relaciones, el trabajo, la intimidad, los cambios que daban miedo. Mucha gente descubre que ahora puede hacer cosas que antes evitaba sin saber por qué. El proceso es largo y no siempre va en línea recta, pero, como dice la propia ISSTD, los pasos pequeños suman.
Qué puedes hacer cuando notas que te desconectas
Estas herramientas no sustituyen a la terapia, pero ayudan a volver al presente cuando empieza un episodio de disociación. Funcionan mejor si las practicas cuando estás tranquila, para que después te salgan solas cuando las necesites.
- Di en voz alta dónde estás, qué día es y cuántos años tienes. «Estoy en la cocina de casa, es miércoles y tengo 34 años.» Recordarte que el peligro ya pasó también ayuda.
- Apoya bien los pies en el suelo y nota el peso del cuerpo en la silla.
- Busca una sensación intensa, como agua fría en las muñecas, un cubito de hielo en la mano, un caramelo de menta o un olor fuerte.
- Mira a tu alrededor y nombra cinco cosas que veas, de colores distintos.
- Muévete. Camina, estira los brazos o empuja la pared con las manos.
- Lleva en el bolsillo un objeto que te sirva de puente con el presente, como una piedra o un llavero.
Cuando haya pasado, apunta qué había ocurrido justo antes. Ese registro es muy útil en terapia para encontrar los desencadenantes. Y si te pasa a menudo en situaciones de riesgo, como al conducir, coméntalo con un profesional cuanto antes.
Cómo ayudar a alguien que se disocia
Si convives con alguien que se disocia, es fácil que te desconcierte. De repente parece ausente, no te responde o te mira sin verte. En esos momentos ayuda:
- Hablarle con calma, por su nombre, y recordarle dónde está y que está a salvo.
- Preguntarle antes de tocarle. Un contacto brusco puede asustarle más.
- Ofrecerle agua fría o algo que pueda tener en las manos.
- Evitar los gritos, las prisas y las preguntas en cadena.
Después, pregúntale qué le ayuda y qué no, sin juzgarle ni hacer bromas («ya vuelves a estar en las nubes»). Y si todavía no lo ha hablado con ningún profesional, anímale a hacerlo. Entender lo que le pasa a la persona que quieres también forma parte del proceso.
Cuándo pedir ayuda
Vale la pena pedir una valoración si:
- Los episodios son frecuentes o cada vez más largos.
- Tienes lagunas de memoria sobre cosas del día a día o encuentras objetos, mensajes o compras que no recuerdas.
- Otras personas te hablan de cosas que has hecho o dicho y que no recuerdas.
- Te desconectas cada vez que algo te recuerda una experiencia dolorosa.
- Te sientes irreal durante días o semanas.
- Te haces daño durante los episodios o después.
Sobre este último punto, un metaanálisis encontró relación entre la disociación y tanto los intentos de suicidio como las autolesiones sin intención suicida (Calati, Bensassi y Courtet, 2017). Si te pasa, tienes más información en el artículo sobre autolesiones. Y si en algún momento piensas en hacerte daño o en quitarte la vida, llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida, que es gratuita y funciona las 24 horas. En una emergencia, llama al 112.
Terapia para la disociación en Igualada y online
En la consulta de Igualada y online acompaño a personas que se disocian, a menudo dentro de un tratamiento del trauma. Empezamos con una evaluación cuidadosa, a veces con cuestionarios como la DES, que paso en forma de entrevista, y a partir de ahí seguimos las fases que te he explicado. Cuando hay disociación, antes de trabajar los recuerdos con EMDR dedicamos el tiempo que haga falta a la estabilización, y vamos a tu ritmo. Trabajo en catalán y en castellano, como psicóloga sanitaria. Tienes más información en la página de tratamiento del trauma con EMDR y en la de terapia del TEPT online.
Si te reconoces en lo que has leído, no hace falta que lo entiendas todo antes de pedir ayuda. Contacta conmigo y, en una primera conversación sin compromiso, veremos qué te pasa y cómo puedo ayudarte.