Es domingo, coméis todos juntos y alguien de la mesa está comiendo patatas fritas. Cada crujido te recorre la espalda. Notas calor en la cara, se te tensan los hombros y te sube una rabia que no sabes de dónde sale. Sabes perfectamente que esa persona no está haciendo nada malo, que solo come, y aun así te cuesta no levantarte de la silla. Si te pasa a menudo, es posible que tengas misofonía.
Tiene poco que ver con la mala educación o con ser una persona exigente. Es una reacción muy intensa ante sonidos concretos, casi siempre cotidianos, que puede complicar la convivencia, el trabajo e incluso las ganas de quedar con gente. En este artículo te explico qué es la misofonía, qué sonidos la desencadenan, qué se sabe sobre por qué ocurre y cómo se trata.
Qué es la misofonía
La palabra viene del griego y significa, literalmente, «odio al sonido». La usaron por primera vez a principios de los años 2000 Pawel y Margaret Jastreboff, dos investigadores que trabajaban con personas con acúfenos y con problemas de tolerancia al sonido. Durante años se habló poco de ella, hasta que en 2022 un grupo internacional de expertos publicó una definición de consenso. Según ese documento, la misofonía es un trastorno de tolerancia reducida a sonidos concretos o a los estímulos asociados a esos sonidos.
No depende del volumen. Alguien que mastica chicle en la otra punta de la oficina puede volverse insoportable, mientras que el ruido de un concierto o del tráfico no te despierta esa reacción. Lo que cuenta es qué sonido es y, a menudo, quién lo hace. Por ahora la misofonía no aparece como diagnóstico propio en el DSM-5, el manual de referencia en salud mental, como recuerda la Cleveland Clinic. Eso no impide evaluarla ni tratarla.
Los sonidos que la desencadenan
Cada persona tiene sus desencadenantes, pero algunos se repiten mucho. Según la definición de consenso, los sonidos de la boca están entre los más mencionados, y los de la nariz, como respirar o sorber, también aparecen con mucha frecuencia. En la lista suelen estar:
- Masticar, sobre todo comida crujiente, sorber la bebida o chasquear los labios.
- Respirar fuerte, sorberse los mocos o roncar.
- Carraspear o toser.
- Sonidos repetitivos, como el clic de un bolígrafo, tamborilear con los dedos, teclear o el tictac de un reloj.
En su mayoría son sonidos que hace otra persona. Y como forman parte del día a día, suelen venir de quien pasa más horas contigo, como la pareja, la familia o los compañeros de trabajo. Cuando el mismo sonido sale de la televisión o del móvil también puede molestar, aunque normalmente menos.
Cuando la misofonía entra por los ojos: la misocinesia
Algunas personas con misofonía reaccionan igual ante un estímulo visual, como una pierna que no para de moverse debajo de la mesa o alguien que hace girar un bolígrafo. Se llama misocinesia. En tres estudios con más de 4.000 participantes, aproximadamente un tercio dijo que, en algún grado, le molestaba ver esos movimientos repetitivos de los demás (Jaswal y colaboradores, 2021).
Síntomas de la misofonía
La reacción es rápida, casi automática, y se nota a tres niveles que suelen llegar a la vez.
El primero son las emociones. Según el grupo de expertos, las más habituales son la irritación, la rabia, el asco y la ansiedad, y hay personas que llegan a sentir una rabia muy intensa.
El segundo es el cuerpo. Los músculos se tensan, el corazón se acelera y puedes sudar o notar presión en el pecho. Es la respuesta de lucha o huida, la misma que se activa ante una amenaza.
El tercero es lo que haces. Hay quien sale de la habitación, quien se tapa los oídos o quien pide de malas maneras que pare el ruido. Las reacciones violentas son raras, pero en casa es fácil que todo acabe en discusión.
Muchas personas saben que su reacción es desproporcionada, y eso hace que, después del estallido, sea fácil sentirse culpable. Con el tiempo, además, se aprende a anticipar. Tienes la mandíbula tensa antes de sentarte a la mesa, eliges el asiento más alejado de quien come fuerte o dejas de ir a las comidas de trabajo. El equipo del hospital universitario de Ámsterdam, uno de los que más ha estudiado el trastorno, explica que esa evitación acaba llevando al aislamiento y a dificultades importantes para funcionar en el día a día.
Por qué aparece la misofonía
La causa exacta todavía no se conoce, pero hay cosas que sí se saben. La primera es que no es un problema de oído. En un estudio con 575 pacientes diagnosticados en el hospital de Ámsterdam, solo un 1% tenía hiperacusia y un 2% acúfenos. A 109 de ellos les hicieron una audiometría y solo tres tenían una pérdida auditiva, de un solo oído. La exploración neurológica y los análisis también salieron normales (Jager y colaboradores, 2020).
La segunda es que suele empezar pronto, en la infancia o al principio de la adolescencia, y que puede haber un componente familiar.
Qué ocurre en el cerebro
Un equipo de la Universidad de Newcastle hizo escuchar sonidos desencadenantes a personas con y sin misofonía mientras les hacía una resonancia magnética (Kumar y colaboradores, 2017). En las personas con misofonía, esos sonidos activaban mucho más la ínsula anterior, una zona del cerebro que ayuda a decidir a qué hay que prestar atención y que conecta las sensaciones del cuerpo con las emociones. También se les aceleraba más el corazón y la piel les sudaba más. El cerebro, por decirlo así, marca esos sonidos como muy importantes, y el cuerpo se prepara como si fueran una amenaza.
Cuánta gente la tiene
Más de lo que parece. En una muestra representativa de la población del Reino Unido, un equipo del King's College de Londres estimó que cerca del 18% de las personas tienen síntomas de misofonía que les suponen una carga importante (Vitoratou y colaboradores, 2023). La Cleveland Clinic habla de aproximadamente una de cada cinco personas a lo largo de la vida.
Las cifras cambian mucho según cómo se mida, y el grupo de expertos de 2022 prefirió no fijar ninguna. A los servicios especializados llegan más mujeres. En el gran estudio de Ámsterdam eran el 69%, con una edad media de 34 años.
Misofonía, hiperacusia y otros problemas que se le parecen
Varios problemas con el sonido se pueden confundir con la misofonía, y el grupo de expertos insiste en que el primer paso es distinguirla de la hiperacusia. En la hiperacusia los sonidos se perciben demasiado fuertes, hasta el punto de doler, y cuanto más volumen, peor. En la misofonía lo que cuenta es el tipo de sonido, aunque sea suave, y la reacción es sobre todo emocional.
Tampoco es lo mismo que la fonofobia, que es miedo a un sonido concreto, como el miedo a los petardos. En la misofonía puede haber ansiedad, pero predominan la irritación, la rabia y el asco.
En el autismo es frecuente una sensibilidad sensorial más general, en la que muchos estímulos a la vez saturan. Es algo distinto, aunque la misofonía también puede aparecer junto al autismo o al TDAH. Ocurre algo parecido con las personas altamente sensibles, que pueden notar mucho los ruidos y cansarse en ambientes cargados. La alta sensibilidad, sin embargo, es un rasgo de temperamento, no una reacción de rabia ligada a sonidos concretos, y se puede tener todo a la vez.
Si además de tus desencadenantes te molestan todos los sonidos fuertes, si notas dolor en los oídos o oyes pitidos, consulta antes a un especialista en otorrinolaringología o audiología.
Con qué suele ir de la mano
En el gran estudio de Ámsterdam, una de cada cuatro personas con misofonía tenía rasgos de personalidad obsesivo-compulsiva, como una necesidad elevada de orden y de control. Un 10% tenía un trastorno del estado de ánimo, un 5% TDAH y un 3% autismo, y casi todas puntuaban alto en perfeccionismo (Jager y colaboradores, 2020). La Cleveland Clinic menciona también el trastorno obsesivo-compulsivo, el TEPT y la depresión entre los problemas que pueden convivir con ella.
Que aparezcan juntas no significa que una cosa explique la otra. La definición de consenso precisa que, para hablar de misofonía, los síntomas no deben quedar mejor explicados por otro trastorno. Pero si los hay, también hay que tenerlos en cuenta en el tratamiento.
Cómo se diagnostica la misofonía
Como todavía no es un diagnóstico oficial de los manuales, no hay ninguna prueba que la confirme. La identifica un profesional a partir de una entrevista en la que se habla de qué sonidos te molestan, qué sientes, cómo reaccionas, desde cuándo te pasa y hasta qué punto te limita. En la investigación se usan cuestionarios específicos, como la escala de Ámsterdam (AMISOS-R) o la S-Five, que ayudan a medir su gravedad y a ver cómo evoluciona.
Una buena valoración también descarta lo que no es misofonía, como la hiperacusia o un problema auditivo, y mira si hay ansiedad, un estado de ánimo bajo o rasgos obsesivos que haya que tratar a la vez.
Tratamiento de la misofonía: qué funciona
No hay ninguna pastilla ni ningún truco que la haga desaparecer de un día para otro. El tratamiento con más respaldo es la terapia cognitivo-conductual. En 2021, el equipo de Ámsterdam publicó el primer ensayo clínico aleatorizado sobre el tratamiento de la misofonía, con 54 pacientes. Unos hicieron terapia de grupo semanal durante tres meses y los otros quedaron en lista de espera. Al final, el 37% de las personas tratadas habían mejorado de forma clínicamente significativa, frente al 0% del grupo de espera, y la mejora se mantenía un año después.
Aquella terapia combinaba varias herramientas:
- Entrenar la atención para que no se quede enganchada al sonido y vuelva a lo que estás haciendo.
- Aprender a bajar la activación del cuerpo.
- Asociar los sonidos desencadenantes a emociones más amables, en lugar de la rabia.
- Trabajar con el propio sonido de forma controlada y manipularlo, para recuperar cierta sensación de control.
En consulta, el tratamiento se adapta a cada persona. A menudo incluye trabajar la gestión de la ira, revisar los pensamientos que se disparan con el sonido («lo hace a propósito», «no lo soporto») y deshacer la evitación poco a poco, sin exponerte de golpe a los sonidos que más te cuestan. Si hay ansiedad, un estado de ánimo bajo o rasgos obsesivos, se trabajan a la vez.
La medicación, por ahora, no tiene estudios sólidos en la misofonía. Si hay ansiedad o depresión al lado, es el médico quien debe valorar si hace falta.
Auriculares y misofonía: ¿aliados o trampa?
Los auriculares con cancelación de ruido, los tapones o un ruido de fondo, como el ruido blanco, pueden ayudar en momentos concretos, por ejemplo en la oficina o en un viaje largo, y la Cleveland Clinic los incluye entre las herramientas para convivir con la misofonía. El problema aparece cuando se usan para no tener que estar nunca con nadie. Si cada vez evitas más sitios y más personas, la vida se va haciendo pequeña, y eso también forma parte de lo que se trabaja en terapia.
Qué puedes hacer desde hoy
- Haz una lista de tus desencadenantes y puntúalos del 0 al 10. Saber cuáles son los peores te ayuda a prepararte.
- Prepara los momentos que puedes prever. Una música de fondo a la hora de cenar o cambiar de sitio en la mesa pueden rebajar mucho la tensión.
- Para antes de estallar. Cuando notes que el cuerpo se activa, sal un momento, respira despacio, afloja la mandíbula y los hombros, y vuelve cuando el cuerpo se haya calmado.
- Háblalo en un momento de calma, no en medio del sonido. «No es por ti, es el sonido» se entiende mucho mejor en una conversación que con un grito en la mesa.
- Pacta una señal con la gente de casa, como un gesto que quiera decir «necesito salir un momento», para que nadie se lo tome como un ataque.
- Usa los auriculares con criterio, para momentos concretos y no todo el día.
Estas ideas alivian, pero si la misofonía ya te está condicionando la vida, lo más útil es trabajarla con un profesional.
La misofonía en niños y adolescentes
Como suele empezar entre la infancia y la adolescencia, muchos padres la descubren en la mesa. De repente, tu hijo no soporta oír comer a su hermano, se levanta enfadado o pide cenar en su habitación. Es fácil leerlo como un capricho o como una falta de respeto y responder con un «ya te acostumbrarás» u obligándole a quedarse.
Si sospechas que tu hijo o tu hija tiene misofonía, ayuda más:
- Creer lo que te cuenta. La reacción es real, aunque el sonido parezca insignificante.
- Buscar acuerdos que hagan la vida más fácil a todos, como música de fondo en la mesa o cambiar de sitio, sin organizar toda la casa alrededor del problema.
- No obligarle a «aguantar» ni hacer bromas, porque solo le añade vergüenza.
- Hablar con el colegio o el instituto si le cuesta concentrarse en clase o evita el comedor.
Si la convivencia se está complicando o ves que se aísla, consulta a un profesional. En la guía de salud mental para padres de adolescentes encontrarás otras señales que conviene no dejar pasar.
Cuándo pedir ayuda
Vale la pena consultar si:
- Evitas comidas, planes o lugares por culpa de los sonidos.
- Tienes discusiones frecuentes en casa o en el trabajo por este motivo.
- Te cuesta controlar la reacción y después te sientes mal.
- Cada vez hay más sonidos que te molestan.
- Notas que te afecta al estado de ánimo, al trabajo, a los estudios o a la relación de pareja.
En el gran estudio de Ámsterdam, cuanto más grave era la misofonía, peor era la calidad de vida. La Cleveland Clinic advierte, además, de que en los casos graves puede aumentar el riesgo de autolesiones o de pensamientos suicidas. Si en algún momento piensas en hacerte daño o en quitarte la vida, llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida, que es gratuita y funciona las 24 horas. En una emergencia, llama al 112.
Terapia para la misofonía en Igualada y online
En la consulta de Igualada y online trabajo con un enfoque cognitivo-conductual, que es el que tiene más evidencia en la misofonía. Primero miramos con calma qué te pasa: qué sonidos, en qué momentos, cómo reaccionas y qué has probado hasta ahora. A partir de ahí trabajamos la atención, la activación del cuerpo, la rabia y la evitación. Si conviene, hacemos alguna sesión con la pareja o la familia para que entiendan qué te pasa y podáis pactar cambios en casa. Trabajo en catalán y en castellano, como psicóloga sanitaria. Si te va mejor a distancia, aquí tienes cómo funciona la terapia online.
Si te reconoces en lo que has leído, no hace falta que esperes a que vaya a más. Contacta conmigo y, en una primera conversación sin compromiso, veremos cómo te puedo ayudar.